#flm12 | Introducing La sombra del humo en el espejo

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Ya está aquí la Feria del Libro de Madrid, AKA #flm12. Déjennos decir que es intrigante, emocionante, espeluznante y desconcertante presentar un primer libro. EL primer libro. Porque no volverá a haber un primero. Jamás. Muchos llegarán después, fruto de unas, seguro, fulgurantes carreras editoriales, pero ninguno igualará este debut. Temblaremos, lloraremos, chillaremos y lanzaremos birretes con euforia.

Así que si quieren compartirlo con nosotros, ya saben donde encontrarnos.

La autoficción (II)

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«Y este es mi criado de allá: mi mejor amigo. Los años han pasado, las rojas siestas africanas se han ido amortiguando en mi memoria. La silueta de Zahir Shaik también ya no es sino una de esas sombras chinescas que nos fingen los recuerdos. Y ahora que veo por mis ventanas los descargadores del Sena, ahora que suaviza mi mano mis cabellos encanecidos, me parece otra vez tan lejos como un sueño ese Egipto que yo soñaba cuando niño; tan irreal como si no hubiese existido nunca para mí, como si no existiese en ninguna parte».

La confusión que produce este género en el lector no está en las palabras sino en reconocer dónde empieza la biografía del autor y dónde las peripecias del personaje. Así es en La sombra del humo en el espejo.

Algunos elementos están sacados de la biografía de D’Halmar y otros sencillamente inspirados en ella, es el caso, por ejemplo, del personaje del médico que le atiende en Calcuta cuando sufre su enfermedad, Girish Chandria Gosh, al que posiblemente nombró así por Girish Chandra Ghosh, actor y director de teatro de la época en la que nuestro autor fue cónsul allí. Con él comparte, además de la similitud en el nombre, el carácter espiritual y la infinita sabiduría que toman de la búsqueda de la iluminación suprema.

Sin embargo, lo que más ha despertado la curiosidad de los que han estudiado su obra es la figura de Zahir. Se ha cuestionado en distintos estudios el carácter real o utópico de este personaje, ya que consta que a D’Halmar le acompañó en estos viajes el pintor Rafael Valdés (tras conocerse en la Colonia Tolstoyana, fundada por nuestro autor y frecuentada por el pintor). Por ese motivo, se ha llegado a valorar la posibilidad de que Zahir sea una representación de este. También se ha pensado que ambos (el autor y su acompañante) conocieron al guía en las Pirámides, como se cuenta en el texto. Esta hipótesis tomaría su sentido del plural que usa D’Halmar, aunque solo en algunas ocasiones, para referirse a sí mismo: «La primera vez que vinimos con Zahir…» o «En el mismo puente de Masr, viendo el río y sus barcas y sus darabiehs, nos encontramos con Zahir un día que, todo entero, queríamos emplear en visitar juntos los sitios de El Cairo que ni él ni yo conocíamos». Por último, hay teorías que apuntan la posibilidad de que Zahir sea, sencillamente, un personaje inventado fruto de la imaginación del autor o basado, en todo caso, en sí mismo, creando este personaje como su alter ego.

Real o no, queda en la percepción de cada uno…

El día de EL libro

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El 23 de abril de 1616 fallecían ex aequo Miguel de Cervantes y William Shakespeare, paquidermos de la literatura universal. Lo hicieron, con toda probabilidad, como homenaje préstumo del acontecimiento que vendría a suceder 266 años después en el interior del vientre de una joven de Valparaíso, Manuela Thompson.

Era 1882 y medio mundo conocido andaba a la gresca. Los zares rusos eran asesinados a pares, Egipto se hacía oficialmente British y Londres estaba a punto de conocer los primeros hits de Jack el Destripador. Un señor de Ohio con mucha imaginación fundaba la General Electric y conseguía que la electricidad pasara a través de unos filamentos en el interior de una bombilla. Claro que no lo llamó bombilla, sino globo de lámpara incandescente, y el efecto Edison era, en realidad, una emisión termoiónica.

Pero la joven Manuela Thompson, ajena a todo ello, incandescía y posteriormente daba a luz al hijo del navegante bretón Auguste Goemine. El pequeño Augusto, que más tarde tapizaría su apellido para ganar brillo en los salones europeos, llegaba al mundo un 23 de abril. Oyen bien. Un día celebrado entre rosas y posteriormente auspiciado por la Unesco. Tal-día-como-hoy, 130 años ha.

Así que no titubeen. Compren, alquilen, mercadeen, presten, roben, intercambien, trafiquen, regalen, bookcrossineen, sobornen, importen, especulen en bolsa… pero, hagan el favor, lean.

PD: ¿Qué cuál es EL libro, dicen?

La autoficción (I)

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La autoficción, proveniente de Francia hace más de treinta años, es el tipo de narrativa en la que el autor utiliza su nombre propio y crea un personaje ficticio basado en él. El autor narra su obra de manera biográfica y se basa en hechos reales pero a su vez juega con la legitimidad de estas, advirtiéndonos que la ficción toma su papel dentro de ella –diferenciando a esta de la autobiografía. En 1977, el escritor francés Serge Doubrovsky, creó el término «autoficción» al escribir la que sería la primera novela de este género, Fils (París, Galilée). Por otro lado, muchos expertos afirman que este género ya había sido explorado a lo largo del siglo xx, pero Doubrovsky le asignó un nombre y utilizó su propio nombre en la obra.

Augusto d’Halmar fue desde sus principios un partidario de este tipo de narrativa, ya que con la utilización de un seudónimo desdoblaba sus historias creando de este modo un ejercicio literario confuso y ambiguo para todo lector, como lo es La sombra del humo en el espejo…

D’Halmar y Milosz (II): Aristócratas en segunda clase

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Tanto D’Halmar como Milosz  procedían de un cruce de   culturas y de familias antiguas. Augusto Goemine Thomson   —verdadero nombre de Augusto d’Halmar— era hijo de    Auguste Goemine, exmarino y comerciante bretón —que desapareció cuando D’Halmar tenía 10 años— y de Manuela Thomson, chilena descendiente de suecos y escoceses. A D’Halmar le gustaba especialmente presumir de sus legendarios antepasados escandinavos, por lo que es muy probable que adoptara  su seudónimo de su abuelo materno, John Joachim Thomson, Barón de D’Halmar.

Milosz no se quedaba corto, su madre, Marie Rosalie Rosenthal, era una judía polaca de Varsovia y su padre, Vladislas de Lubicz Milosz, era un exoficial del ejército ruso. Además, Milosz  vivió los numerosos cambios que afectaron  a la región donde nació: Čareja. En aquel momento pertenecía a la Rusia Imperial,  por lo que Milosz era ruso de nacimiento. Se crió en esta región hasta que se trasladó a París para realizar sus estudios. El francés fue la lengua que eligió para su producción literaria. Al independizarse Polonia y Lituania en 1918, se decantó por esta última, aunque apenas conocía la lengua, pero la identificaba con la nación de sus ancestros. Y es que, como cuenta el propio D’Halmar: Oscar Vladislas de Lubicz Milosz «era por línea paterna directo descendiente de los soberanos de Lausacia o Lausitz y, por ende, podía haber sido el pretendiente real de Lituania, si al emanciparla de Rusia el Tratado de Versalles se hubiese restaurado en ella la monarquía. Hubo un momento que en ello se pensó y, como Augusto Villiers de l’Isle Adam cuando renunció a sus derechos a la corona de Grecia, por no tener traje de etiqueta para presentarse ante el Elíseo a reivindicarlos, Milosz me participó su posible elevación al trono de su país, una noche que, con billete de segunda clase, tomábamos en el Chatelet, el metropolitano del Nord-Sud, con dirección a la casa de Alejandro Sux, en Pigalle».

D’Halmar y Milosz (I): Amistad entre iniciado y gurú

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Oscar Milosz y D’Halmar se conocieron en París y desde el primer momento se estableció entre ellos una relación que desafiaba las leyes del tiempo, muy al gusto de los dos: «Al día siguiente de haberle conocido, me escribió la dedicatoria: “Con mi afecto de un día y una eternidad”».

Para D’Halmar el poeta lituano era un maestro, el poeta que le había reconciliado con el verso y el amigo que le enseñó la amistad. D’Halmar llegó a decir: «Yo no traía, quizás, a España, sino la misión de dar a conocer a este poeta». Se convirtió así en el celoso precursor de sus iniciados en España al traducir y publicar una selección de poemas de Milosz en una edición dirigida solo a aquellos que supieran apreciarlo. El libro, publicado en 1922 en la Colección Auriga, tuvo solo una tirada de 100 ejemplares numerados: «Nos apenaría que un solo ejemplar se extraviase en las manos de un indiferente. Amamos demasiado al maestro, para exponerle a la incomprensión; le comprendemos lo suficiente para saber cuán raro es el estado de gracia que su palabra, como toda la palabra de la vida, requiere: Dejemos a los muertos que entierren a sus muertos».

Para esta edición eligió poemas de sus colecciones más evocadoras y líricas, Las Siete soledades y Sinfonías, de la más enigmática Adramandoni y de la más filosófica Confesión de Lemuel. Sin embargo, fue del misterio bíblico Mefibóset —obra dramática cuya traducción también estaba preparando, pero que no llegó a publicarse— del que extrajo este fragmento que ocuparía el lugar de la dedicatoria que abre La sombra del humo en el espejo